Me llamo Marta Serrano.
Tengo 52 años. Vivo en Málaga con mi marido Tomás y nuestros dos perros.
Hace cuatro años, empezó el pitido.
Al principio era solo un zumbido leve. Molesto pero tolerable.
"Seguramente es estrés," me dije. "Se pasará."
No se pasó.
En seis meses, el pitido se convirtió en mi compañero constante.
Un chirrido agudo que nunca paraba. Ni un segundo.
Las mañanas eran una tortura. ¿Pero las noches? Las noches eran un infierno.
Me tumbaba en la cama desesperada por dormir mientras ese sonido me taladraba el cráneo. Hora tras hora, mirando el techo, viendo pasar el reloj de medianoche... la 1... las 2... sabiendo que tenía que levantarme para trabajar en unas horas pero sin poder callar ese grito en mi cabeza.
Tomás empezó a dormir en el cuarto de invitados porque me daba vueltas en la cama durante horas, impidiéndole descansar.
Mis compañeras de trabajo notaban que ya no podía concentrarme en las reuniones. Perdía el hilo a mitad de frase, ese pitido agudo ahogando todo lo demás.
Mi hija me preguntó por qué parecía tan "ausente" en nuestras llamadas. No podía contarle la verdad — que apenas aguantaba, que cada conversación era como intentar hablar con una alarma de incendios sonando en el cerebro.
La verdad era simple: me estaba volviendo lentamente loca por un ruido que solo yo escuchaba.
Luego llegó aquella noche de marzo.
Las 3 de la madrugada. Completamente despierta. El pitido tan fuerte que quería gritar.
Me encontré en el baño, llorando, preguntándome si eso iba a ser mi vida para siempre. Si alguna vez volvería a conocer el silencio. Si el pitido sería lo último que escuchara antes de morir.